La novela ganadora del Premio Nacional Ciudad de Bogotá en el 2002, es la historia de un joven barranquillero inquilino de esta ciudad, a quien le suceden una serie de eventualidades que se relacionan directamente con su condición como persona gay. Este es precisamente el tema central de la novela, las vivencias de los gay en Bogotá, sus características, su forma de actuar y sus actividades en medio de la sociedad capitalina.

La historia es un tanto extensa, el autor se vale de la voz narrativa de su protagonista – Edwin Rodríguez Buelvas, quien de forma detallada nos cuenta las anécdotas en las que se ve envuelto en un periodo no mayor a dos años. Sin “pelos en la lengua” realiza una remembranza monologal que trasciende al tiempo y que transmite a los lectores, tejiendo un hilo conductual que en ocasiones parece predecible. Hilo que se rompe en algunos momentos de manera premeditada por el autor/narrador, para presentar aclaraciones o relacionar otras historias con la principal y de esta manera dar énfasis a la historia en si. Por suceder en repetidas ocasiones, el narrador de los hechos ofrece disculpas, haciendo de este suceso textual, una característica propia del protagonista.

Los demás personajes no se definen en su totalidad. Hacen parte de la narración, se involucran de manera intencional en apartes específicos de la historia, el narrador los evoca, los detalla rápidamente y renuncia a ellos de igual manera, pues no pronuncian ni una sola palabra, solo se menciona que están allí. Aparecen y desaparecen una y otra vez, a veces tan solo son nombrados, salvo algunos de ellos que juegan un papel tácito en la historia, pero se vuelven decisivos para su desenvolvimiento.

En esta novela, Sánchez Baute nos muestra una ciudad para muchos desconocida, la Bogotá nocturna, la ciudad de las sombras, la ciudad de la rumba, la ciudad de los bares, de los cinemas, la ciudad gay. Describe de forma detallada paisajes urbanos de la capital colombiana, descripción que solo alguien que vive o ha vivido aquí puede realizar y entender. Solo se despega de ella para proyectarla con Nueva York, la ciudad idílica, la ciudad que nunca duerme, icono de los homosexuales y paraíso soñado por cada uno de ellos.

El lenguaje que utiliza el autor es sencillo. Se vale de algunas expresiones propias de los gay; frases y palabras que - como afirma Bernstein - pueden convertirse en un código restringido para el lector, quien debe estar atento al uso contextual de estos términos para entender su sentido y no perder la linealidad de la historia. Aun así, la novela es fácil de leer y engomadora, gracias al buen humor que se maneja, un humor pícaro y directo, que además presenta también el doble sentido y el lenguaje figurado para realzar algunas eventualidades. Se maneja un realismo anecdotario que hace que el lector se goce la historia y se mantenga conectado con ella hasta el final, a fin de descubrir palabra a palabra, letra a letra en que termina todo ese rollo en el que nos sumerge la maldita primavera.