El olor a caña de azúcar
y café recién molido,
se mezclaron aquella mañana,
cuando el sol todavía perezoso
se resistía a salir.
No hubo cunas, ni suaves cobertores,
tan solo unos costales
que desdeñaron su cilicio,
de lo que habría de convertirse
su inquietante vida.
Abortivos de
se asentaron en la marginación
de una ciudad viviente.
Una gran madre
que sin tener como amamantar,
adopta y carga en sus brazos
a los hijos de esta Tierra.
El corazón llora,
y sus lagrimas destilan olor a trago.
Tragos de amargura y abandono,
cicatrices del alma que no sangraron,
que enseñaron y encriptaron su sentir,
a fin de no repetir la misma historia.
Evocar el pasado nos lleva a entender que en la vida, los caminos labran el corazón del hombre, Y esos recuerdos guardados en el baúl oculto, en un rincón olvidado son la prueba irrebatible, de un destino que intenta huir de los fantasmas que nos asechan.